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La Noche Boca Arriba…continued

*All of the versions of this story are created from “La Noche Boca Arriba” by Julio Cortazar.

“La Noche Boca Arriba”  Final del Juego Julio Cortazar ©1956

All credit and rights belong to the author.

La Noche Boca Arriba

Version 4

Por Julio Cortazar

Una versión cortada….

En el pasillo del hotel él pensó que era tarde y se apuró para llegar a la calle y sacar la motocicleta.  Vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo adónde iba.

Montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba y un viento le movía los pantalones.

Entraba en la parte más agradable del trayecto: una calle larga, con poco tráfico y amplias villas con los jardines.

Tal vez  algo le impidió prevenir el accidente…Cuando vio a la mujer en la esquina, ya era tarde para las soluciones.

Frenó, oyó el grito de la mujer, y con el choque perdió la visión. Fue como dormirse.  Volvió del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Le dolía una rodilla y gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo.

Voces lo hablaban con bromas y seguridades.  Su alivio fue oír que era culpa suya. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea.

Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia, supo que la mujer del accidente no tenía más que rasguños.  Le da de beber algo que lo alivió en la oscuridad de la farmacia.

La ambulancia llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo acostarse. Bajo los efectos de un shock terrible, dio su información al policía. El brazo casi no le dolía; de una cortadura goteaba sangre.

Se sentía bien, era un accidente, nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía arruinada. …….Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al hospital y le deseó suerte.

Ya la náusea volvía; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas, cerró los ojos y deseó estar dormido.  Pero tuvo que llenar un papel, le quitaron la ropa y le vistieron con una camisa.

Le movían el brazo. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, pero tenía las contracciones del estómago y no sentía muy bien. Lo llevaron a la sala de radio, y  después, pasó a la sala de operaciones.

Alguien miró la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza,  lo pasaban de una camilla a otra. El hombre se le acercó otra vez , con algo que le brillaba en la mano. Le tocó la mejilla……

Era curioso porque había olores y él nunca soñaba olores. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia como la noche.  Tenía que huir de los aztecas que andaban, y su única probabilidad era la de esconderse en la selva, cuidando de no separarse de la calzada. 

El olor lo torturaba. “Huele a guerra”, pensó, tocando el puñal de piedra en su ceñidor de lana. Un sonido lo hizo quedar inmóvil. Tener miedo no era extraño. Esperó, en la noche sin estrellas.  Muy lejos estaban fuegos; un resplandor rojizo teñía el cielo. El sonido no se repitió. Tal vez un animal que escapaba de la guerra.

Se levantó despacio. No se oía nada, pero el miedo seguía allí.  Tenía que seguir, llegar al corazón de la selva.  Quisiera echar a correr, pero el miedo palpitaba a su lado. Entonces sintió el olor y saltó hacia adelante. 

 

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque amigo. – Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales. Trataba de sonreír a su vecino. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato.  Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua.

La fiebre regresó despacio y podía dormirse otra vez, pero disfrutaba estar despierto …. escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de vezen cuando a una pregunta.

Vio llegar un carrito a su cama, una enfermera le clavó una aguja conectada con un tubo ….. Un médico vino con un aparato de metal….. para verificar alguna cosa.

Caía la noche, y estaba en un estado donde las cosas eran dulces y a la vez  repugnantes, cuando es difícil saber que hacer.

Vino una taza de caldo … Un trocito de pan le dio poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente la ceja le molestaba a veces…..y sentía los latidos de su corazón.

Primero fue una confusión….. Comprendía que estaba corriendo en la oscuridad, “La calzada”, pensó. “Me salí de la calzada.” Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y los arbustos le rasguñaron el torso y las piernas. Tal vez la calzada estaba cerca. Nada podía ayudarlo.

La mano…. subió hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo los labios murmulló la oración …. a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas.

La guerra llevaba tres días y tres noches. Si se quedara en la selva  quizá los guerreros no le siguieron…. Pensó en los prisioneros que ya capturarían.  Pero la cantidad no contaba.  La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal. Todo tenía su fin. 

Oyó los gritos y se levantó, puñal en mano. Vio antorchas moviéndose, muy cerca. El olor era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en ponerle la piedra en el pecho. Ya lo rodeaban los gritos ……

 

-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba.  Tome agua y duerma bien. – ….Una lámpara velaba en la pared como un ojo. Se oía toser, respirar fuerte, una  voz baja. Se puso a mirar el yeso del brazo…….. Le habían puesto una botella de agua en la mesa de noche…. Distinguía ahora las formas de la sala. Ya no debía tener  fiebre. La ceja casi no le dolía .

Se vio saliendo del hotel.  Quién sabía lo que iba a pasar? Trataba de recordar el accidente…..pero no podía ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que había durado una eternidad. ..como pasar distancias inmensas.

El choque. ….. Con el dolor del brazo roto, la sangre, la contusión en la rodilla, todo eso.  Ahora volvía el sueño.  La almohada era tan blanda.  Quería descansar, sin las pesadillas. La luz de la lámpara se apagaba poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió despertarse en la misma posición, pero la humedad  le cerró la garganta. Inútil abrir los ojos; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso levantarse….. Estaba en el piso, en un suelo húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda .

Buscó el contacto con su amuleto, y supo que se lo arrancaron.   Ahora estaba perdido, nada podía salvarlo.  Oyó la fiesta.  Estaba en el templo a la espera de su turno.  Oyó gritar, un grito que rebotaba en las paredes. Otro grito. Era él que gritaba, gritaba, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo inevitable.

Pensó en sus compañeros … Gritó de nuevo….. se abrieran los ojos, con un esfuerzo interminable.  Luchó por escaparse. Su brazo derecho tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable.

Vio abrirse la puerta, y el olor de las antorchas le llegó.  Los hombres se le acercaron. Las luces se reflejaban en los torsos, en el pelo negro.  Lo agarraron manos calientes y duras; se sintió levantado, siempre boca arriba… por los cuatro hombres que lo llevaban.

Las antorchas iban adelante, alumbrando el corredor y el techo bajo.  Ahora lo llevaban, era el final. Lo llevaban oca arriba. Cuando en vez del techo viera las estrellas … sería el fin. Andaban llevándolo …….. y él no tenía el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de su vida. 

Salió de un brinco al hospital….. Pensó que había gritado, pero sus vecinos dormían. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra de los ventanales.  Respiró fuerte para olvidarse de imágenes.

Cada vez que cerraba los ojos las veía.  Cuando los abrió, estaba contento de saber que ahora estaba despierto, que pronto iba a amanecer.  Buscaba el buen sueño, pero no quería cerrar los ojos. Le costaba mantener los ojos abiertos, el deseo de dormir era más fuerte que él.  Con la mano sana alcanzó hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, ….. y él, boca arriba, gimió

Los hombres se levantaban.  Desesperadamente cerraba los ojos y los abrían esperando despertarse en el otro lugar…Y cada vez que se abrían era la noche y la luna …. ahora con la cabeza hacia abajo, y vio la piedra y los pies del sacrificado…

Con una última esperanza abrió los párpados, gimiendo. Durante un segundo creyó que lo lograría….Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano.

 Otra vez cerró los párpados, aunque sabía que estaba despierto, que el sueño maravilloso era el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por  una ciudad, con luces verdes y rojas.

 En la mentira de ese sueño también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados. 

La Noche Boca Arriba

Version 5

Por Julio Cortazar

Una versión cortada….

En el largo zaguán del hotel él pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta de donde el portero le permitía guardarla.  En la joyería vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo adónde iba.

Montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento le chicoteaba los pantalones.

Entraba en la parte más agradable del trayecto: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas con los jardines hasta las aceras, demarcadas por setos bajos.

Tal vez su relajamiento le impidió prevenir el accidente…Cuando vio a la mujer en la esquina ……………ya era tarde para las soluciones.

Frenó con el pié y con la mano, oyó el grito de la mujer, y con el choque perdió la visión. Fue como dormirse.  Volvió del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía sal y sangre, le dolía una rodilla y gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho.

Voces que no parecían pertenecer a las caras aparecieron sobre él, y lo hablaban con bromas y seguridades.

Su alivio fue oír que no cometió un error al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea.

Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la mujer del accidente no tenía más que rasguños en las piernas…..Le da de beber un trago que lo alivió en la oscuridad de una pequeña farmacia.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo acostarse.

Con lucidez, pero bajo los efectos de un shock terrible, dio su información al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura goteaba sangre por la cara. Una o dos veces se tocó los labios con la lengua para beberla.

Se sentía bien, era un accidente; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. …….Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al hospital y le deseó suerte.

Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas ……….pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido.

Pero lo tuvieron largo rato, llenando un papel, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa ….

Le movían el brazo. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no tuviera las contracciones del estómago se habría sentido muy bien. Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, pasó a la sala de operaciones.

Alguien de blanco se le acercó y  miró la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza,  lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez , con algo que le brillaba en la mano derecha. Le tocó la mejilla……

Era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda empezaba un pantano…… Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia como la noche en que se movía.

Y todo era natural, tenía que huir de los aztecas que andaban, y su única probabilidad era la de esconderse en la selva, cuidando de no separarse de la calzada que sólo ellos, los motecas, conocían. 

El olor lo torturaba, como si aun en el sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que no había participado del juego. “Huele a guerra”, pensó, tocando el puñal de piedra en su ceñidor de lana.

 Un sonido lo hizo quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por ………….. la noche sin estrellas.

Muy lejos, del otro lado del lago, estaban fuegos; un resplandor rojizo teñía el cielo. El sonido no se repitió, como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba del olor a guerra.

Se enderezó despacio, explorando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí, ese incienso  de la guerra. Tenía que seguir, llegar al corazón de la selva……. dio algunos pasos.  Quisiera echar a correr, pero el palpitaba a su lado.  En el sendero buscó el rumbo. Entonces sintió una nube del olor y saltó desesperado hacia adelante. 

 

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque amigo. – Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente en la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato.  Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua.

La fiebre lo iba ganando despacio y podía dormirse otra vez, pero disfrutaba el placer de mantanerse despierto…. escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta.

Vio llegar un carrito blanco al lado de su cama, una enfermera le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo ….. Un médico joven vino con un aparato de metal….. para verificar alguna cosa.

Caía la noche, y la fiebre lo iba … a un estado donde las cosas eran reales y dulces y a la vez  un poco repugnantes, como estar a una película aburrida y pensar que salir es peor, y quedarse.

Vino una taza de caldo … Un trocito de pan le dio poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, le molestaba a veces…..y sentía los latidos de su corazón.

Primero fue una confusión….. Comprendía que estaba corriendo en  completa oscuridad, aunque arriba el cielo era menos negro que el resto. “La calzada”, pensó. “Me salí de la calzada.”

Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que los arbustos le rasguñaron el torso y las piernas. Se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la luz del día iba a verla. Nada podía ayudarlo a encontrarla.

La mano…. subió como un escorpión ….hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo los labios murmulló la oración …. a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas.

La guerra florida llevaba ya tres días y tres noches. Si pudiera refugiarse en la selva, abandonando la calzada ….. quizá los guerreros no le siguieron…. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya capturarían.

Pero la cantidad no contaba.  La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba al otro lado de los cazadores. 

Oyó los gritos y se levantó, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara, vio antorchas moviéndose, muy cerca. El olor era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en ponerle la hoja de piedra en el pecho. Ya lo rodeaban los gritos alegres. ……

 

-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé …… Tome agua y va a ver que duerme bien.  ….Una lámpara velaba en la pared como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja.

Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas otras cosas. Se puso a mirar el yeso del brazo…….. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche…. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios. Ya no debía tener  fiebre, sentía fresca. La ceja le dolía apenas.

Se vio otra vez saliendo del hotel.  Quién sabía que la cosa iba a pasar así? Trataba de recordar el momento del accidente…..Entre el choque y el momento en que lo levantaron del suelo, pero no podía ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que esa nada, había durado una eternidad. No, más bien como si él hubiera pasado a través de ….distancias inmensas.

El choque contra el pavimento. ….. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla, todo eso.  Y era raro.  Ahora volvía el sueño.  La almohada era tan blanda.  Quizá pudiera descansar, sin las pesadillas. La luz de la lámpara se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en la humedad…. le cerró la garganta. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso levantarse….. Estaba en el piso, en un suelo helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda y las piernas.

Buscó el contacto con su amuleto, y supo que se lo arrancaron.   Ahora estaba perdido, nada podía salvarlo.  Oyó la fiesta.  Estaba en el templo a la espera de su turno.  Oyó gritar, un grito que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito del final inevitable.

Pensó en sus compañeros … Gritó de nuevo, y casi no podía abrir la boca….. se abrieran los ojos, con un esfuerzo interminable.  Luchó por escaparse de las cuerdas. Su brazo derecho tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable.

Vio abrirse la puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. ….. los hombres se le acercaron mirándolo. Las luces se reflejaban en los torsos, en el pelo negro lleno de plumas. ..lo agarraron manos calientes y duras; se sintió levantado, siempre boca arriba… por los cuatro hombres que lo llevaban.

Las antorchas iban adelante, alumbrando el corredor de paredes y techo tan bajo que los hombres debían tocar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha.

Cuando en vez del techo nacieran las estrellas … sería el fin. El pasadizo ya iba a acabar, de repente olería el aire libre, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin…….. y él no quería, pero no tenía el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de su vida. 

Salió de un brinco al hospital….. Pensó que había gritado, pero sus vecinos dormían. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra de los ventanales.  Respiró fuerte para olvidarse de esas imágenes que pegados a sus párpados.

Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse.  Cuando los abrió, estaba aterrado pero también contento del saber que ahora estaba despierto, que pronto iba a amanecer.  Buscaba el buen sueño profundo de esa hora. Le costaba mantener los ojos abiertos, el deseo de dormir era más fuerte que él.

Hizo un último esfuerzo, con la mano sana alcanzó hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, ….. y él, boca arriba, gimió

Los hombres se levantaban y de la altura una luna…. no quería verla. Desesperadamente se cerraba los ojos y los abrían buscando pasar al otro lado…Y cada vez que se abrían era la noche y la luna …. ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y vio la piedra roja, brillante de sangre…. y los pies del sacrificado…

Con una última esperanza abrió los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama….Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano.

 Otra vez cerró los párpados, aunque ahora sabía que estaba despierto, que el sueño maravilloso era el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por  avenidas de una ciudad, con luces verdes y rojas que ardían sin humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas.

 En la mentira de ese sueño también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados. 

La Noche Boca Arriba

Version 6

Por Julio Cortazar

Una versión cortada….

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla.

En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba.

….montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

… entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos.

Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente…

Cuando vio que la mujer parada en la esquina ……………

……………………………..ya era tarde para las soluciones fáciles.

Frenó con el pié y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho.

Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades.

Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta.

Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas…..

…. Opiniones, recuerdos, despacio……así va bien y alguien…..le da de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto.

Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla.

Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. …….Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte.

Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas ……….pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado.

Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa ….

Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa …..puesta sobre el pecho …….pasó a la sala de operaciones.

Alguien de blanco, alto y delgado se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla……………………..

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas…….

Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas.

Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego.

“Huele a guerra”, pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida.

Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por ………….. la noche sin estrellas.

Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra.

Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida.

Había que seguir, llegar al corazón de la selva……. A tientas…..dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado.

En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.  Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala.

Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última a visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas.

Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios….

La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto…. escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta.

Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo ….. Un médico joven vino con un aparato de metal….. para verificar alguna cosa.

Caía la noche, y la fiebre lo iba … a un estado donde las cosas …. como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes, como …..una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor, y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro… Un trocito de pan, mas precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces…..

Primero fue una confusión….. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. “La calzada”, pensó. “Me salí de la calzada.”

Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas.

……se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla.

La mano…. subió como un escorpión ….hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria …. y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas.

La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada mas allá ….. quizá los guerreros no le siguieron…. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho.

Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca.

El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. ……

-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé …… Tome agua y va a ver que duerme bien.

….Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era …seguro….sin…

Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo…….. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche….

Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto.

Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente…..Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de ….distancias inmensas.

El choque, el golpe brutal contra el pavimento. ….. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro.

…… Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad…. le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta.

Quiso enderezarse….. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas…

…..buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado.   Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente…. oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en ….el templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable.

Pensó en sus compañeros … y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca….. se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. Convulso…, luchó por zafarse de las cuerdas….. Su brazo derecho, el mas fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder.

Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. ….. los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. ..lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba… por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo.

Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha.

Cuando en vez del techo nacieran las estrellas … sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja…….. y él no quería, pero como impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de su vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital….. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegados a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada… Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegados a sus párpados.

Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada…

Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, ….. y él boca arriba gimió … los acólitos se enderezaban y de la altura una luna…. le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado….

Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían …. ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre…. y el vaivén de los pies del sacrificado…

Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama….Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano.

Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas.

En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

(Julio Cortázar, “Final del Juego”, Ed. Sudamericana, Bs.As. 1993)

 

 

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